Durante años la morosidad se asoció a las deudas grandes: hipotecas, préstamos prendarios, financiamientos de largo plazo. Ese mapa cambió. Hoy, en gran parte de América Latina, quien más atrasa sus pagos es joven, se endeudó por poca plata —el supermercado, un arreglo en la casa, la factura de luz— y accedió a ese crédito desde el celular. La mora dejó de ser un problema de "grandes deudores" para convertirse en un fenómeno masivo, digital y de bajo ticket.
Argentina es, hoy, el caso más extremo de esta tendencia. Según el Instituto Argentina Grande, 3,6 millones de personas tienen una deuda "irrecuperable" (con más de un año de atraso), un 17% de los deudores totales del sistema. La mitad de esas deudas son de $309.000 pesos argentinos o menos (alrededor de 200 dólares). Y entre los jóvenes de 15 a 29 años, la cantidad de deudores irrecuperables creció 87% en apenas un año. El fenómeno se explica por una combinación conocida: salarios reales por debajo de 2023, tasas activas en niveles récord y un ingreso disponible que se achica por tarifas y transporte.
Pero el patrón se repite, con matices, en toda la región. En Colombia, los jóvenes de 18 a 28 años lideran los nuevos accesos al crédito, y el BNPL "Buy Now, Pay Later" (en español: "Comprá ahora, pagá después"), ya es una puerta de entrada relevante al sistema financiero formal, junto con los créditos para celulares y tecnología. En Chile, el crédito de bajo monto y corto plazo también gana terreno entre los más jóvenes, aunque con una dinámica más estable que la argentina. Y en Brasil, el crecimiento acelerado del "compre agora, pague depois" está sumando a millones de personas —muchas sin historial crediticio previo— a esquemas de pago en cuotas que, sin la gestión adecuada, derivan directo en mora temprana.
El hilo conductor no es casual. Es una generación que se relaciona con el crédito casi exclusivamente desde el teléfono, con baja educación financiera y expuesta a la desinformación sobre intereses, refinanciaciones o consecuencias del atraso. Cuando el ingreso cae y el costo del crédito sube —como viene pasando en buena parte de la región—, los primeros en caer son quienes menos margen tienen: deudas chicas, ingresos informales, poco colchón.
Cuando la mora se concentra en montos bajos, la pregunta operativa cambia por completo. Ya no alcanza con gestionar más fuerte: hay que gestionar distinto. El Costo por Peso Recuperado (CPPR) se vuelve el indicador que define si una estrategia tiene sentido económico.
La respuesta pasa por tres frentes que se refuerzan entre sí. Primero, priorizar por comportamiento y no por monto: el historial de pagos, la apertura de mensajes o los clics en un link dicen mucho más sobre la probabilidad de cobro que el tamaño de la deuda. Segundo, automatizar el contacto con canales que este segmento realmente usa —voicebots conversacionales, Autogestión, WhatsApp con enlace de pago, recordatorios que se disparan según el comportamiento— para que el costo de gestionar no supere lo que hay para recuperar. Y tercero, dar herramientas de autogestión: simuladores que muestren cuánto pagar hoy versus cuánto cuesta atrasarse, con el link de pago generado al instante, funcionan especialmente bien con un público que entiende el impacto cuando lo ve, no cuando se lo explican.
Emerix trabaja todos los días con carteras que reflejan exactamente este cambio de perfil, en distintos países de la región. Y la lectura es consistente: los modelos predictivos, la automatización multicanal y las estrategias pensadas para el comportamiento real de las personas —no para el tamaño de su deuda— son hoy la diferencia entre una cartera que se recupera y una que se transforma en costo. Detrás de cada saldo bajo hay una persona con un contexto particular, y entenderlo es el primer paso para recuperar más, gastar menos y construir relaciones financieras más sanas con la próxima generación de deudores.
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